Aventuras entre valles y cerros

Desde Merlo hacia el sur, el circuito Sierra de Comechingones ofrece un entretenido recorrido por los atractivos de la ruta1.

Cada vez que asoma el amanecer, el cielo diáfano que recubre el noreste de San Luis descorre su velo, para que el sol se encargue de soltar sus destellos sobre los pliegues de la sierra de Comechingones y el Valle de Conlara. En ese paisaje seductor se impone la reconocida imagen de Merlo como una apacible villa turística, cuyo saludable microclima arrastra a visitantes necesitados de serenidad.

Pero esa es apenas la pieza más famosa de un collar de pueblos que afloran a los costados de la ruta 1, el serpenteante eje de un circuito de 92 kilómetros desde La Punilla hasta el borde sur de Traslasierra. Hacia el este, por las luminosas panorámicas de la serranía se cuelan cascadas que bajan desde ocultas fracturas de la roca y bosques que reverdecen la ladera. Unos 7 kilómetros al sur de Merlo-, las casitas de Carpintería se mimetizan con las tonalidades ocres de la sierra, en un notorio contraste con los colores vistosos de los aladeltas y parapentes desprendidos del Mirador de los Cóndores.

El aroma de las hierbas serranas agrega un matiz agradable a la atmósfera y sus fragancias se esparcen con mayor fuerza cerca de Cortaderas, empujadas por el viento que remueve las aguas del dique Piscu Yaco. La refrescante escala sugerida por el lago tienen continuidad en el dique Parilla y las cascadas Esmeralda y Baños Romanos, a las que se accede a través de caminatas por los escarpados senderos de las quebradas.

Los destellos del sol borronean la estilizada figura del cerro de la Bolsa, afirmado con sus más de 1.800 metros de altura en el cordón serrano. De a poco, en los rincones menos transitados parecen resonar las voces de los originarios pobladores comechingones, dueños absolutos hasta mediados del siglo XVI de los parajes puntanos y cordobeses situados a los dos lados de la serranía. Su legado cultural revive en la nomenclatura de algunas calles y referencias históricas y pinturas rupestres estampadas en cuevas. Extrañas formaciones rocosas recubren los misterios de la Cueva del Indio, uno de los puntos de interés de Villa Larca, envuelto por el arrullo del arroyo El Tala. El agua cristalina empieza a enroscarse con un sendero mínimo, traza sus primeras formas sinuosas y se mete de lleno en las fauces de la sierra. El rumor, ahora encajonado entre los paredones de la roca- incorpora el trino d elos pájaros, una suave melodía que remueve la compacta espesura de molles y helechos.

Camino al Chorro de San Ignacio, la atmósfera se torna cada vez más sombría y fresca. La desbordante naturaleza garantiza oxígeno a discreción en un bosque de frutales, donde el sol vuelve a iluminar a discreción.En los últimos 50 metros del sendero de piedras sueltas empapadas por el arroyo, los gritos de euforia expresan la emoción por la aparición del torrente cristalino que se precipita desde el techo fracturado de la sierra. Pero esas voces estentóreas se desvanecen ante el bramido del manantial, que se desliza cinco metros pegado a la roca rojiza y, tras peinar los tentáculos de la paja brava y los chaguanes, suelta 15 metros su torrente, hasta estallar en un piletón circular. El agua helada salpica a cada visitante y empapa sin contemplaciones sus cámaras y celulares.

El paseo por la costa de la sierra de Comechingones retoma su ritmo sosegado en el bucólico paisaje desplegado alrededor de la mínima urbanización de Papagayos. Sobre el suelo pedregoso bailotean las melenas de las caranday, la variedad de palmera cuidada por los pobladores como uno de sus tesoros más preciados. En sus sencillas viviendas, los artesanos se valen de la hoja de palma y la madera para dar forma a su amplia gama de adornos, bolsos, muñecas, canastos, sombreros y centros de mesa.

Mientras una cabalgata avanza al paso, la firme voz de mando del guía consigue enderezar hacia el cerro Negro el rumbo de su alazán. El caballo insignia está porfiado en seguir su ruta hacia el dique Boca del Río, a 6 km de Villa del Carmen, pero finalmente desiste y obedece al baqueano.

De regreso a Merlo, el cielo del atardecer es el escenario del festival de fuegos cruzados que ofrece el sol en su lenta agonía. Bajo el Mirador del Filo, donde el horizonte se ensancha hasta salir de cuadro, un águila mora sale disparada en dirección a la serranía y los algarrobos uniforman todo con una pátina verde brillante.