Salta el brillo de las perlas Calchaquíes


Los Valles Calchaquíes se pueden recorrer desde las capitales de Tucumán o de Salta. Siempre serán una experiencia inolvidable.
El dilema es éste: si empezar a recorrer la ruta calchaquí desde abajo (territorio tucumano) o desde arriba ( en suelo de Salta). Pero a no desesperar, porque en ambos casos, en este circuito paralelo a la cordillera siempre asombra. Desde Salta, una de las primeras postales es la Quebrada de Escoipe, valle agrícola con cerros multicolores. La Cuesta del Obispo obliga a ascender por el camino de curvas y cornisas hasta los 3.348 metros , el punto más alto, donde la Piedra del Molino tienta a detenerse para sacar una foto del valle. Después aparecen los primeros cardones del Parque Nacional que lleva su nombre



La primera población es Cachi, con sus viejas casonas alineadas sobre calles angostas, su iglesia parroquial del siglo XVIII y el Museo Arqueológico Pablo Pío Díaz. Cachi adentro, abundan los arroyos torrentosos y perduran restos civilizaciones precolombinas. Molinos es el punto siguiente fundada a mediados del siglo XVII, con su irregular trazado adornado por casas de adobe y tejados de tierra . Se destaca la iglesia San Pedro Nolasco, construida en 1639, donde reposan los restos momificados del último gobernador realista.
El punto final en territorio salteño es Cafayate, cuyas famosas bodegas ofrecen visitas guiadas a los turistas . Y ya en Tucumán, se llega a las ruinas de Quilmes, uno de los más importantes asentamientos prehispánicos de los Calchaquíes, que estuvieron allí desde 800d.C.
Amaicha del Valle es el siguiente punto de atracción, para visitar la plaza y sus alrededores, y conocer algo más sobre la fiesta de la Pachamama, que en la actualidad coincide con los festejos del Carnaval. Y más allá aparece Tafí del Valle . De forma oval, el valle se enquentra encerrado entre el cerro Muñoz y las cumbres del Mala Mala, y dividido por el río Tafí. En su centro está el embalse La Angosturo, en cuya margen sur halla la localidad de El Mollar, con la Reserva Arqueológica de los Menhires.

Por algo le dicen la linda
La capital salteña conserva el estilo colonial y el espíritu de las peñas. Pero crece en ofertas novedosas: museos y hasta una calle gourmet.
En Salta lo antiguo no es sinónimo de viejo. La capital tiene un gusto colonial pero sumamente cuidado , ya que se han recuperado una gran cantidad de fachadas. En una sus esquinas de la plaza central se encuentra la Catedral, que comenzó a construirse en 1855 y guarda los restos del general Miguel de Güemes, héroe provincial y prócer de la independencia argentina. También está el Cabildo, cuyo frente es asimétrico y es el más grande del país; ahí funciona en dos pisos el magnífico Museo Histórico del Norte. Entre un edificio y otro, abrió hace un año el Museo Arqueológico de Alta Montaña una joya de la museología más moderna que atesora una joya de la prehistoria del país: los Niños de Llullaillaco, momias incas encontradas en la cima de la montaña homónima, a casi 7 mil metros, en 1999. Otro conjunto arquitectónico llamativo está a dos cuadras: es el que forman la iglesia y el convento de San Francisco, construido en el siglo XVIII, aunque la fachada y el campanil datan de la segunda mitad del XIX.
Un paseo imborrable es la visita al cerro San Bernardo a bordo del teleférico, que permite tener una vista panorámica de toda la ciudad. Aunque hay algunos intrépidos se animan a subirlo al trote.
A esto se suman, a minutos del centro, los increíbles tesoros naturales de la Villa San Lorenzo, Vaqueros o La Caldera, ideales para cabalgatas, trekking y deportes alternativos.
Para disfrutar la noche en Salta hay que pasar por la calle Balcarce y visitar sus pubs, bares, casinos y discotecas. También se destacan las famosas peñas , con empanadas, tamales, vinos y todo al compás del folclore. Para quien se anime a bailar.